La historia ha servido siempre como fuente de inspiración para infinidad de relatos que pueden estar más o menos apegados a la verdad de los acontecimientos. Es natural que cualquier autor, a la hora de buscar su inspiración, lea sobre algún hecho del pasado que le asombre por su incredulidad. ¿Cómo es posible que haya pasado esto realmente? Se pregunta la gente al saber sobre algunos de los eventos más cruentos de nuestra historia.
Así, es normal que uno de los géneros favoritos de los espectadores sea el drama de época. Tal vez los vestidos extravagantes, los ambientes palaciegos y los cotilleos de la flor y nata de la sociedad de hace quinientos años sean factores para el éxito de estas producciones. Pero más allá de los factores más superficiales y, ¿por qué no?, más atractivos, se encuentra la historia real; aquella que en la se basa la producción y que fueron los acontecimientos fácticos que afectaron a una época y un lugar concretos.
De esta forma, estos programas, ya sean mejores o peores, son encomiables porque dan a conocer partes de la historia que, de otra manera, quedarían ignotos para gran parte de la población. No sé de qué otro modo la gente normal (esa parte de la población que no es ni académica ni aficionada a la historia) podría conocer la historia de Francia en el siglo XVI, y acercarse a esa realidad pasada de una forma accesible y entretenida.
Por esta razón, siempre que veo un espectáculo televisivo de ambientación histórica priorizo que sea entretenido antes que exacto. La historia de los libros escritos por expertos puede resultar una inspiración, pero, al final, lo que busco en una serie es que sea divertida y amena. En definitiva, que su trama sea atrapante y sus personajes atractivos hasta el punto de que me pregunte qué van a hacer próximamente y cómo van a relacionarse entre sí de manera que respondan a las acciones de unos y otros.
El drama de época que reseño hoy es La reina serpiente, donde se sigue la biografía de Catalina de Médicis, desde su adolescencia en Italia hasta convertirse en la mujer más poderosa de su siglo. Lo que en un principio se nos presenta como una joven más o menos ingenua, aunque siempre avispada sobre lo que pasa a su alrededor, se nos va a ir desvelando como una mujer fría y manipuladora, cuyo afán por mantener el poder la hará ser responsable de uno de los episodios más violentos de la historia de Francia.
- La reina serpiente (2022).
- Género: drama de época.
- Creador: Justin Haythe.
- Reparto: Samantha Morton, Liv Hill, Sennia Nanua, Charles Dance, Alex Heath, Colm Meaney, Enzo Cilenti, Ruby Bentall, Amrita Acharia, David Denman, Ludivine Sagnier, Antonia Clarke, David Denman, George Jacques y Rupert Everett.
Guion del artículo
- Crítica de la primera temporada de La reina serpiente
- Los desapercibidos personajes de la serie
- Los dos bandos de la serie: católicos y protestantes
- La mujer más poderosa de su época
- Crecimiento del protestantismo
- Explicación de la serie comparada con la historia real de Catalina de Médicis
- Opinión de la serie La reina serpiente
Crítica de la primera temporada de La reina serpiente
La serie comienza con una secundaria, cuya importancia va a ir relegándose a medida que avance la trama. Rahima (Sennia Nanua) es la nueva criada al servicio de la reina madre Catalina que, por ver en la sirviente un parecido con su yo más joven, decide relatarle la historia de su vida. Por ende, esta primera temporada se va a resumir en una serie de analepsis en la que la noble florentina va a ir desgranando su biografía hasta convertirse en la reina de Francia, así que va a ir influenciando a la joven servidora para que tome iniciativa en contra de sus enemigos. Luego esto quedará en agua de borrajas.
Catalina comienza su andadura por el mundo dentro de una de las familias más ricas y poderosas de Europa, pero en una de sus etapas decadentes. Su infancia se la pasa en un convento porque casi cualquier familiar cercano ha sido asesinado en una de las habituales conspiraciones a la que nos ha acostumbrado Hollywood en lo respecta a representar el Renacimiento.
Hasta que el monasterio es invadido por el ejército español y conoce, muy fortuitamente, a su tío, el papa Clemente VII (Charles Dance). Justamente cuando un grupo de zafios soldados iban a, en el mejor de los casos, violar a la joven Médicis, en ese preciso momento aparece casualmente su tan bien posicionado tío. No voy a hacer más mención a lo oportuna de la aparición papal porque a lo mejor fue la divina providencia. Aquí aprende sobre el valor de una buena representación para inculcar poder y dominar a la población. Posteriormente, su tío, que la trata como un peón dentro del juego geopolítico de la Europa del siglo XVI, le buscará un marido que le beneficie en su reciente derrota contra España.
Esto lo digo yo porque me sé la historia real en la que se basa la serie, pero esta fracasa infinitamente en transmitir la sucesión de eventos históricos de una forma entendible. El matrimonio que pacta el papa con uno de los príncipes de Francia es para contrarrestar el gran poder que ostentaba Carlos I como rey de España y emperador de Alemania. El drama da a entender que el acuerdo matrimonial entre Catalina y Enrique se debe más al dinero de la dote y que es uno de los muchos pactos y tejemanejes que se labran en el día a día de cualquier gobernante, pero tampoco lo deja claro.
Sobre esta introducción a la biografía del personaje, en lo que voy a llamar los años italianos, diré que la propia Catalina afirmó que recordaba esta época como la más feliz de su vida; mientras que en el programa se plasman como de horribles los maltratos por parte de las monjas. Ahí está la libertad del guionista, supongo. Además, en este prólogo también se nos introduce a los espectadores a una especie de poder mágico que tiene la protagonista para atraer el mal hacia aquellos que la molestan. Lo contrario de un amuleto.
Este poder maldito no vuelve a hacer aparición a lo largo de la serie más allá de una acertada intuición y que atribuyo más a la inteligencia natural de Catalina que a alguna capacidad mística de mala suerte.
El caso es que Catalina se compromete con un joven y guapo Enrique de Valois (Alex Heath), segundo hijo del rey Francisco I (Colm Meaney). Más allá de la pequeña corte que lleva Catalina consigo desde Italia, conformada por un variopinto grupo de personajes, y que van desde un estilista hasta a una enana, se encuentra sola en un país extranjero y en el centro de conjuras contra ella.
Los desapercibidos personajes de la serie
Sobre la camarilla de la protagonista, en un principio cabría pensar que tendrían su propio desarrollo e importancia en la historia, pero no dejan de ser juguetes en las manos de una cada vez más controladora Catalina. Solo el mago Cosimo Ruggeri (Enzo Cilenti) podría tener un mayor peso en la trama, pero tendría que discutir bastante contra quien lo afirmara. Sí, hay algunas traiciones y algunas subtramas sobre sus intereses y amoríos, pero tan secundarios que se pueden eliminar sin perjudicar a la historia principal. De hecho, mirando los datos técnicos de la serie para la reseña, es cuando me he enterado del nombre de algunos de estos personajes.
Así, este plantel de diferentes personajes se ven involucrados en una serie de subtramas que difícilmente puedo recordar por su escasísima importancia e interés. A veces, para mi propia consternación e incomprensión del proceso creativo de los guionistas. Es el caso de Angelica (Ruby Bentall), la hija de un afamado perfumista. En la presentación del personaje aparece con un llamativo moretón en el ojo y se da a entender fácilmente que, en respuesta de los abusos de su padre, esta lo envenenó. Yo, como telespectador avezado, pensé que su conocimiento en las sustancias iba a posicionarla como la envenenadora oficial de Catalina de Médicis, pero, al contrario, solo un par de veces hace uso de estas habilidades. Y las repentinas muertes que marcaron la vida de esta reina, en un malogrado ejercicio de pensamiento lateral por parte de los guionistas, se justifican en un mal explicado ritual de magia negra. ¿Esto se conecta con la extraña capacidad de Catalina para atraer la mala suerte a quien deseaba? Pues rara vez se hace mención a esos curiosos poderes.
No tengo mucho más que comentar sobre Aabis (Amrita Acharia), una gitana que la protagonista recluta con intención de que se convierta en su femme fatale personal. Pero nunca se hace uso de sus habilidades seductoras para sus fines y, de hecho, en alguna ocasión serán un impedimento para la propia Catalina.
Si la intención de la serie es ofrecernos una camarilla de personajes cercanos a Catalina de Médicis para que veamos, a través de sus ojos de amigas íntimas, cómo sucumbe a la corrupción que da el poder, falla totalmente porque no tienen ninguna profundidad; y me apresuro a escribir sobre ellas porque mi memoria me amenaza con eliminarlas sin piedad.

Los dos bandos de la serie: católicos y protestantes
Dentro de la Corte Francesa, la protagonista se encontrará con las poderosas familias de los Guisa y los Borbones, respectivos representantes de católicos y protestantes en el país. Acogí en un primer momento con gran interés la encarnación en un drama televisivo de estas guerras de religiones que se produjeron en el siglo XVI, y que resultan complejas de traducir al público actual. Hay que expresar la importancia de la fe en la sociedad de la época, sin caer en maniqueísmos y ofreciendo una visión de los motivos de unos y otros. La serie no hace nada de eso.
Ya en el país galo, Catalina conoce a los grandes personajes que componen la Corte. Esta se encuentra dividida un bando católico (liderado por los Guisa) y otro protestante (en cuya cabeza se encuentran los Borbones). Más allá de las preferencias religiosas de cada partido, estas familias no hacen sino usar las reivindicaciones de la “fe verdadera” como plataforma para ascender en la escalera de poder. Las luchas de poder y de protagonismo serán el principal tema del programa.
La reina serpiente plasma a sendas familias como ávidas de poder, y que la defensa de una u otra causa solo responde a la persecución de sus ambiciones políticas y no por sus convicciones. Dentro de que esto es posible, es sorprendente que ninguno de los católicos que aparecen en el show sean verdaderos creyentes. Y, en cambio, los protestantes son descritos o como bufones arribistas (las ocurrencias de los hermanos Borbones ofrecen matices de comedia sin gracia a la serie) o bien como peligrosos fanáticos.
De igual forma, los católicos son representados o bien como arribistas manipuladores que van a misa más por el que dirán que por la fe, o como fanáticos violentos. Los propios hermanos Guisa son un ejemplo, usando la religión como peldaño en su escalada hacia el poder. Y a menudo comentan entre ellos la estafa que es la Iglesia Católica y su jerarquía, lo que es como mínimo sorprendente oírlo de personas supuestamente profundamente religiosas y, lo que es más gracioso, siendo uno de ellos un miembro del alto clero. Pero, para más inri, es que el otro es homosexual y lo tiene que esconder. Esta trama ya huele a manida, más aún cuando la serie no trabaja para nada esta faceta del personaje. Es verdad que no hay nada nuevo bajo el sol, pero siempre se le puede dar un giro interesante.
El otro bando, el de los protestantes, están liderados por los hermanos Borbones, a cada cual más tonto. No sé si es por darle un cariz cómico a la serie, pero resultan agotadores. Protagonizan alguna conspiración más o menos interesante, pero siempre es solventado por los planes de Médicis. De hecho, el protestantismo crece a pesar de sus fútiles intentos de ascender. En más de una ocasión, me parecieron más los Morancos que las cabezas visibles de una importante facción política.
La mujer más poderosa de su época
Médicis, como cualquiera que se encuentre dentro de un matrimonio arreglado con una persona que no ha visto nunca, se ve aliviada a la hora de ver a un atractivo y amable Enrique. Este es el segundo hijo de Francisco I, rey de Francia. Y mientras su hermano, también llamado Francisco, se comporta como un matón altanero, Enrique es simpático y comprensivo con la situación de “pez fuera del agua” que sufre la protagonista. Más aún, cuando todo el mundo le repite a la cara que la boda responde a motivos políticos de reforzar una alianza militar, y no por su atractivo físico.
Pero su aislamiento y baja autoestima incrementan porque el amable Enrique resulta que mantiene un largo noviazgo con Diana de Poitiers (Ludivine Sagnier), mucho mayor que él. Esta edípica relación será el primer gran obstáculo que la italiana tendrá que solventar para mantener su posición en la Corte Francesa, y de ahí ir ascendiendo hasta convertirse en la mujer más poderosa de su tiempo.
Este personaje creo que es el mejor del espectáculo televisivo, en reñida posición con la propia Catalina de Médicis. Esto dice mucho de la interpretación de Ludivine Sagnier porque esta noble francesa es lo más cercano a una antagonista que tendrá Catalina en la serie. Es verdad que durante unos cuantos capítulos María Estuardo (Antonia Clarke) se presenta como una contendiente, pero es tan mojigata y creída que es fácilmente sorteable por las artimañas de la reina viuda. Además, me gustaría resaltar la interpretación de Sagnier. Por cierto, la única francesa que he podido detectar en el reparto. La tenía fichada de su papel en The Young Pope y me alegra verla dentro de un personaje para nada parecido al de aquella genial serie.
El enlace matrimonial empieza a resquebrajarse porque nuestra florentina protagonista no se queda embarazada, por lo que no hay pruebas fehacientes de que las nupcias se hayan consumado. En un principio, Catalina usa el resentimiento fraternal para acercarse a su marido, pero Diana se mantiene como base sentimental del crédulo príncipe de Francia.
Desde el principio de este drama histórico, se demuestra que el valor de Médicis no se encuentra en su belleza, recalcada por todos como ausente; sino en su aguda inteligencia. Así, la protagonista preconiza una unión entre Francia y el Imperio Otomano, en una proposición tan práctica como sorprendente porque el rey francés se autodenominaba como cristianísimo y los turcos se destacaban como la mayor potencia musulmana de la época. Esta coalición resultaba de lo más polémica porque, aunque hubiera guerras entre los reinos cristianos, siempre se entendía que el verdadero enemigo era el infiel; y más uno que se cernía sobre Europa del este. La brillantez de esta proposición se encuentra en atribuírsela a Enrique, ganando consideración a ojos de su padre.
El valor de una mujer en el siglo XVI residía en su capacidad para generar descendencia, por lo que su estadía en la Corte Francesa depende de quedar embarazada. Cuanto más se posterga su preñez, más se ve amenazada su posición, sobre todo por la fría Diana.
Visto en perspectiva, pareciera que el carácter indiferente y manipulador de Catalina se vio modelado en parte por su enemistad con Poitiers, que, aunque amante de Enrique, nunca se ve que sienta un verdadero amor por el príncipe.
En el cuarto episodio de la primera temporada la serie da un salto de 15 años, con lo que agiliza su ritmo. No puedo describir lo tedioso que se me hicieron los tres primeros episodios con esos saltos constantes entre el pasado y el presente de la historia (en el que el personaje de Morton va contando su historia a Rahima) que interrumpían constantemente la trama.
Crecimiento del protestantismo
Ahora el protestantismo ha crecido hasta tal punto que el movimiento va adquiriendo tonos de contestación social contra la misma monarquía. Hay un personaje muy puntual interpretado por David Denman (cuya carrera interpretativa me alegra comentar que florece desde The Office), que, en un monólogo, acusa a la opulencia de la monarquía francesa de la empobrecida situación del pueblo y la consecuente desigualdad social. En un obvio guiño a los acontecimientos de la Revolución Francesa, amenaza con que algún día el pueblo se levantará contra sus opresores.
Este discurso, aparte de anacrónico, da la sensación de ser un dardo mal utilizado por los guionistas para aportar actualidad o comentario político al contexto de la serie, pero muy pocas veces se va a volver a citar esta injusticia inherente del sistema del Antiguo Régimen. Todo queda en nada porque, de hecho, la supuesta revolución liberadora de la opresión va a ser cortada de raíz, así que no sé qué quiere decir la serie sacando estas alocuciones. Presiento que es para recalcar la corrupción del poder, pero cuando el personaje que diserta sobre estas cuestiones ha sido presentado como un burgués rico, que posee uno de los palacios más ricos de Francia, pierde toda credibilidad. Más aún cuando es interrumpido súbitamente por Diana de Poitiers, así delante de toda la Corte y sin consecuencias palpables.
La situación se complica cuando Enrique vuelve de la guerra (uno de los muchos conflictos que se desarrollaron en Italia en esa época) con una nueva amante y una hija fruto de esta relación. Esta nueva disposición de los acontecimientos propicia la frágil alianza entre esposa y amante oficial del príncipe francés porque más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Tan desesperada se encuentra Médicis que tiene que recurrir a Cosimo Ruggeri, el adivino y mago personal que se trajo como pequeña Corte personal desde su Italia natal.
Ruggeri le advierte que el hechizo necesario para que se preñe tendrá un alto precio. Nunca se especifica cuál y qué alcance. Nuestra desesperada protagonista acepta y, poco después, Francisco (hermano mayor de Enrique) muere extrañamente, lo que ella interpreta como consecuencia de su mágico pacto con el nigromante italiano. Más aún, en estos episodios se muestra un paso más para la evolución de la noble florentina en ese personaje oscuro conspirador y maniobrero y sacrifica a su sastre en la lógica búsqueda de un responsable por la muerte del delfín.
Ahora Enrique (ya como rey) y Catalina tienen nueve hijos, y Diana todavía mantiene su posición como influyente amante del príncipe. También hay un cambio generacional y los Guisa y los Borbones pasan a estar liderados por respectivas parejas de hermanos. Por otro lado, la tensión religiosa en Francia aumenta peligrosamente.
En sus luchas contra España, Enrique II deja como regente a su inteligente esposa. En consecuencia, Poitiers queda exiliada al castillo de Chaumont, lo que va a hacer que la noble francesa vaya cayendo en la locura; obsesionándose con su belleza y buscando métodos rocambolescos por mantenerla. Esto tendrá escaso desarrollo posteriormente en la serie.
Explicación de la serie comparada con la historia real de Catalina de Médicis
Uno de los cambios más indignantes que realiza el programa sobre la historia real viene a continuación. Enrique II regresa y se celebra un torneo en honor al enlace entre Francisco (su primogénito, interpretado por George Jacques) y María Estuardo. En eso que, para quitarse esa imagen de pusilánime y blando que ha exhibido durante todo el serial, decide participar y muere de forma improbable. Una astilla de la lanza se cuela por la visera del casco y… pum. C’est fini.
Realmente, la justa se ofició con motivo de la Paz de Cateau-Cambrésis, que puso punto final a un largo período de contiendas entre España y Francia. Precisamente por parte los padres de los firmantes: Carlos I (de Felipe II) y Francisco I (de Enrique II). Estos hijos herederos reafirmaron la alianza mediante el matrimonio concertado entre el rey de España y una de las hijas del monarca francés, Isabel.
Para quien se haya perdido, la serie confunde acontecimientos de manera que retrasa el reinado de Felipe II porque el mismísimo Carlos I asiste al evento interpretado por un pérfido Rupert Everett. En ese tiempo, el emperador ya había abdicado en favor de su hijo Felipe, que de momento no aparece. Sí es cierto la parte de la muerte de Enrique II es verídica y que, incrementando la imagen inmoral que se va dibujando sobre Catalina, se intentó replicar tan fortuito accidente.
Ya muerto el rey, Diana no tiene ninguna posibilidad y se ve definitivamente desterrada de la Corte. Con esto, comienza el gobierno de Catalina de Médicis como regente de su joven primogénito, Francisco II. Así, se convertirá en la mujer más poderosa de Europa y verdadera gobernante de Francia. Mediante numerosas conspiraciones, Catalina intentará siempre hacer frente a los enemigos de los Valois y sostener a sus ineptos hijos para que no pierdan la corona de Francia, lo que no siempre le resulta fácil.
Francisco II es aún más manipulable y pusilánime que su padre. Un sinsabor que parece que lo único que tiene claro es su amor por su esposa María Estuardo. Será esta la nueva rival de Médicis dentro de la Corte, pues está convencida de que tiene un propósito divino para exterminar a esta nueva herejía del protestantismo… Y, aunque la noble florentina también sea católica, ella mantiene una visión más cínica de la política y tampoco quiere ganarse enemigos innecesarios.
Es en estos momentos que la serie ofrece mensajes contradictorios. Por un lado, Médicis se presenta como toda una madre coraje, que es capaz de todo por sus hijos. Pero, por otro, da la sensación en algunas escenas que está dispuesta a todo por mantener su posición y que ve a su descendencia como a piezas dentro del ajedrez de la política. De esta forma, algunos son alfiles, pero otros se convierten en peones. Hablo concretamente de una escena en la que, dentro de una de las muchas conversaciones que mantienen la reina viuda con Rahima, aparece un frágil Francisco II intentando, que no consiguiendo, disparar una pistola; dando a entender a su reciente criada y “amiga” que ella tiene que gobernar porque el supuesto rey no está preparado ni lo va a estar.
Las conspiraciones llegan hasta tal punto que Borbones y Guisa pretenden tomar el control de la corona. Mientras que los primeros intentarán secuestrar a Francisco II, los segundos quieren deponer a Catalina de la regencia para sustituirla por alguien mucho más influenciable para sus intereses. Todo este cúmulo de conjuras se desarrolla en tanto que el joven rey se encuentra gravemente enfermo. El final de temporada se podría decir que da punto final al arco final del personaje de Médicis como una persona ávida de poder, fría y totalmente ajena a los demás a la medida de que, por ostentar y mantener el poder, es capaz de manipular a todos.
Francisco II, ya en sus últimos momentos, acepta otorgar el gobierno de Francia a su madre porque su hermano Carlos es tan solo un niño; antes que cedérselo a su esposa María Estuardo. Esta última acabará en su natal Escocia, pensando erróneamente gracias a las manipulaciones de la noble florentina, que su prima la reina de Inglaterra la espera con los brazos abiertos.
Así, la temporada acaba con la coronación de Carlos IX, y con ello el afianzamiento de la posición innegable de poder de la protagonista; con todos sus enemigos políticos observando con abnegación lo que les espera en los próximos años con una mujer tan astuta como manipuladora.
Opinión de la serie La reina serpiente
Sobre el ritmo de la serie, parece hecha a trompicones. En la primera temporada presenta una estructura in media res, siendo la propia Catalina la que relata su historia personal a Rahima. Toda esta temporada tiene la intención de que la criada sienta lástima o la amistad suficiente hacia la reina para que espíe y robe en pos de sus objetivos. Pero lo que podría haber sido una escena introductoria, se convierte en una trama que interrumpe constantemente a la principal. No sé si es que Samantha Morton firmó en el contrato unas horas de grabación, y como el guion no lo permitía porque había que representar al personaje joven interpretado por Liv Hill, se inventaron esas insípidas escenas junto con Sennia Nanua.
El programa tiene una edición curiosa, con música y diálogos modernos. Asimismo, Catalina suele romper la cuarta pared para explicarse o exhibir sus pensamiento a la audiencia. Esto se explica, hasta cierto punto, porque en un principio la historia de la serie está siendo relatada por la propia Médicis a su nueva criada. No obstante, este recurso va dejando de tener sentido y su uso repetitivo lo vuelve cansino, hasta tal punto que me parece un medio de los escritores vagos para exponer lo que piensa la protagonista. No me molesta el anacronismo, pero estas alusiones están cubiertas con una película de humor negro que ni chicha ni limoná.
Tampoco sé qué imagen procuraban los guionistas representar de Catalina de Médicis. Durante los primeros episodios se nos muestra a un personaje débil, devastado por el mundo que le rodea y que además lo menosprecia. Bien pudiera ser mucho más inteligente que, por su condición como mujer, siempre será despreciada. Me da cierta lástima.
Pero su evolución nos enseña a una mujer sagaz y calculadora hasta niveles que dan miedo. Supongo que la conclusión a la que se aspira llegar es la de sobreponerse a las situaciones mediante cualquier medio, y reivindicar a esas figuras femeninas que han quedado oscurecidas de una manera u otra. Sin embargo, me cuesta empatizar con una gobernante cruel y controladora hasta decir basta; que antepone el poder a su propia familia.
En otras series, me viene a la mente Catalina la Grande (de la miniserie homónima de 2019) o Daenerys de Juego de Tronos que sí están bien llevadas. Son personajes femeninos fuertes que tienen que afrontar contextos duros porque, mayormente, los hombres que las rodean suelen menospreciarlas; lo que los acaba condenando en su enfrentamiento contra estas inteligentes enemigas. Pero, a diferencia de Catalina de Médicis representada en la Reina Serpiente, tienen un objetivo loable. La primera, modernizar Rusia; la segunda, abolir la esclavitud. Y en la búsqueda de hacer cumplir esas metas encomiables, caían en una maraña de crueldad y despotismo que las acaban convirtiendo en aquello que pretendían destruir. Nuestra Reina Serpiente parece enorgullecerse de la sangre que va dejando a su paso.
Da la sensación de que los actos de Catalina de Médicis se justifican: «Y tú, ¿qué habrías hecho?» nos pregunta el cartel de la serie, pero siempre me persigue la preocupación de que este planteamiento justifica acciones inmorales de un personaje que se va volviendo más y más odioso.

Historiador y friki. Amante del cine. Sus películas favoritas son «El padrino» y «La naranja mecánica». Le encanta que las películas te dejen pensando.
