Desde hace bastante tiempo que el cine es reconocido como un arte más, una forma del ser humano de expresar su más profundo fuero interno, sus sentimientos y reflexiones sobre la realidad; o bien para evadirse completamente de ella. Así, el cine tiene una importancia poderosa al ser capaz de transmitir, quizá mejor que cualquier otra técnica artística, un mensaje entendible a un público muy amplio.
Guion del artículo
- El cine como método de propaganda
- Nueva ola de cine checoslovaco
- Un reflejo de las élites y el poder
- Los personajes de «¡Al fuego, bomberos!»
- Representación de la sociedad y el poder
- Opinión de Horí, má Panenko
- Duro golpe al comunismo
- Explicación del final de «¡Al fuego, bomberos!»
- Censura de una obra de arte atemporal
El cine como método de propaganda
Si bien es cierto que la capacidad propagandística del arte es una característica prácticamente inherente de este, y conocida por cualquier poder político que haya pisado la Tierra, hay que reconocer que no todo el mundo que asistía a la acrópolis ateniense, por ejemplo, era consciente de la compleja iconografía presente en aquellos muros y estatuas. Esta “comunicación” quedaba relegada en mayor parte a un auditorio muy limitado de intelectuales que sí fueran capaces de captar el mensaje.
En cambio, el cine es posiblemente la manera artística más democrática, pues para su comprensión y disfrute no son necesarios profundos conocimientos sobre la posición de la cámara, el montaje, la maquetación, la producción, el diseño de vestuario… Simplemente prestar atención a la historia que cuentan sus personajes, y con suerte sentirse identificados de algún modo con ellos para poder transmitir algo a la audiencia.
Este poder consustancial al cine fue prontamente descubierto por los primeros cineastas, que veían a una asistencia asombrada ante las imágenes en movimiento. No era difícil pensar que, tarde o temprano, algún espabilado viera la oportunidad de dar un discurso a través del invento de los hermanos Lumière. Ejemplos adelantados a esta dinámica son «El Nacimiento de una nación» de David Wark Griffith y los muchos filmes dirigidos por Leni Riefenstahl sobre los discursos de Adolf Hitler.

Nueva ola de cine checoslovaco
En un contexto de Guerra Fría, de enfrentamiento velado entre dos superpotencias, la propaganda tanto interior como exterior era un elemento para la victoria final; y, así, la película de «¡Al fuego, bomberos!» acabó siendo censurada. Esta cinta supuso una de las obras más representativas de la nueva ola de cine checoslovaco y actualmente se ha convertido en obra de culto de su director, Milos Forman.
El filme trata del baile anual de bomberos en un pueblo indeterminado de Checoslovaquia, ocasión que algunos de los altos miembros del cuerpo intentan aprovechar para honrar a su antiguo jefe, que ha sido diagnosticado de un gravísimo cáncer. Este tema, que en un inicio podría parecer cotidiano e incluso nimio, se convierte en el punto a partir del cual Forman aprovechará para hacer un retrato del poder.
Un reflejo de las élites y el poder
Todos los personajes fundamentales, cuyos nombres son dichos pocas veces y son difíciles de identificar más que algunos rasgos físicos, son completamente incompetentes en su labor, como queda demostrado desde el principio cuando tres bomberos supuestamente experimentados son incapaces de apagar un simple cartel en llamas. La ironía patente en que, por casualidad, se queme una casa cercana al evento y los incontables bomberos resulten unos ineptos a la hora de apagar el incendio da una idea de la imagen que proyecta el filme sobre las élites. Con estos ejemplos, el director checo da muestras de la torpeza de los gobernantes o las personas al cargo, que, a pesar de tener buena intención con sus actos, se ven totalmente sobrepasados por los acontecimientos.
Tras un breve prólogo donde los bomberos deciden disponer del baile y se produce un pequeño incidente, la película se articula en tres partes principales, que son también los tres primordiales conflictos (el concurso de belleza, el incendio y el robo de los premios) a los que deben enfrentarse los líderes del comité de fiestas; título autoproclamado por los organizadores del festejo como si de un organismo por los Juegos Olímpicos se tratase.
Ya en la escena inicial se deja claro el rumbo que va a tomar la cinta hacia un tono cada vez más descabellado y desastroso. El carácter negado de la junta de festejos se evidencia con la discusión inaugural, por la que se expone al espectador el motivo del baile. A causa de la severidad de los pronósticos médicos de su viejo director, deciden honrarle con un gesto que ponga en valor su dilatada carrera en el cuerpo de bomberos. Pese a la normalidad de la situación, que podría camuflarse como la reunión normal de cualquier equipo directivo, Forman ya va sembrando las semillas de irracionalidad que crecerán luego en el desarrollo de la película.
Los personajes de «¡Al fuego, bomberos!»
El esencial motivo de disputa se encuentra en que van a otorgar un premio a su antiguo líder por el simple hecho de tener cáncer. Uno de ellos señala que bien le pudieron haber hecho entrega de un premio cuando se jubiló y no ahora. Esta ceremonia que planean, que desencadenará toda la trama posterior, ya se plantea desde un razonamiento un tanto incoherente; más pensado para congratular al pueblo que al propio premiado.
Bajo el proyecto del baile subyace un deseo de aparentar justicia y suena vergonzoso que un integrante tan destacado, probablemente conocido por sus largos años de trabajo en el pueblo, no hubiera recibido ninguna condecoración a la hora de su muerte; de hecho, se hace hincapié varias veces en el desasosiego de los bomberos por quedar bien ante los invitados, pero nunca se hace referencia a que algún retraso pudiera ofender al capitán.
Posiblemente no es culpa de los peculiares bomberos protagonistas que su superior no recibiera ninguna condecoración y, ante la noticia de la dura enfermedad, dilucidan darle un homenaje en forma de hacha (instrumento representativo de la profesión), que además compran ellos por su cuenta. Esto indica que no es un premio reglado, sino un acto por intención propia. Pero, a la vez, la atención y tiempo que dedican a un concurso de belleza, inspirados por una fotografía de un concurso de paños de baño, subrayan la poca importancia que dan al anciano.
Representación de la sociedad y el poder
La película «Horí, má Panenko» (nombre original) salta directamente, desde el prólogo, con el festejo iniciado, y se hace notar con un ambiente bastante animado; lo que es un éxito de la producción y el montaje. Es cuando unos cuantos bomberos proponen buscar participantes femeninas para un pequeño certamen de belleza. Con ello, buscan a una mujer joven y guapa que haga entrega del hacha honoraria a su pasado superior, que se encuentra pacientemente esperando en su silla para el momento de la ceremonia.
Aparte de lo cuestionable de un certamen de belleza, el uso por parte Forman de este concurso es magistral porque ilustra de varias formas la ineficacia de la asamblea de bomberos y los tejemanejes del poder, en un algo tan aparentemente sin relevancia como una fiesta.
Los bomberos tienen muchas complicaciones para convencer a las convidadas de participar en el certamen y, dejando de lado las controversias entre ellos por valorarlas por su pecho o por sus piernas, pronto aparecen familiares que quieren ver a sus hijas apuntadas como la más guapa del pueblo. El nepotismo existente o el tráfico de influencias marcan la conformación de la lista. Es cierto que es un concurso sin significación, y no es comparable a crímenes tipificados, pero la aparición de estas actitudes por parte del director checo presenta una sociedad acostumbrada a funcionar bajo estos términos.
Opinión de Horí, má Panenko
Uno de los puntos a valorar de la dirección y guion es su habilidad para presentar una situación de lo más mundana para ir pasando, poco a poco, a una condición de absurdo, pero todavía cercano a la realidad. Recuerda, en este sentido, a una de esas películas de los hermanos Coen, donde toda una serie de extraños acontecimientos parecen adecuarse para dar lugar a una circunstancia inconexa y sin sentido.
De esta forma, en la cinta checoslovaca no hay nada que no pudiera llegar a pasar en el mundo real donde vive el espectador. Su genial crítica y satírica representación del poder (en cualquiera de sus dimensiones) funciona, precisamente, por su polivalencia. No es una parodia disparatada y exagerada, donde claramente es identificable la diana de las burlas; sino una refinada sátira hacia cualquier forma de poder y de cualquier parte del mundo; otorgando universalidad a la historia.
La cinta alcanza nuevas cotas de insensatez con la entrada de las seleccionadas a una salita anexa al hall. Ya antes, en la elección de las señoritas del baile, se producen algunas trifulcas que anuncian el desastre que se avecina. Quizá sea por el continuado consumo de alcohol durante el baile, pues no es raro ver a los personajes con una jarra de cerveza en la mano durante todo el filme, o por la juerga creciente de una fiesta, pero rápidamente este festejo se saldrá de control.
La incomodidad manifiesta de las chicas, la risa nerviosa de una de ellas y la desnudez de otra, que ha ido a su casa para buscar un bikini, dan una sensación al espectador de verdadera molestia. Esto es logrado gracias a la utilización de actores no profesionales en su mayoría, lo que facilitó el realismo y veracidad de la película. Desde aquí alabo el trabajo realizado por estos actores amateurs, que verdaderamente nos trasladan a una calamitosa fiesta y a una percepción desagradable.

Duro golpe al comunismo
Como habían acordado un mínimo de ocho participantes, y los bomberos dedicados a la clasificación solo son capaces de persuadir a siete, uno de estos sale raudo y lleva a una asistente por la fuerza a la salita donde le esperan sus compañeros. Bajo indicaciones de que guarde silencio, este bombero, que por otra parte parece ser el más orgulloso, intenta quedar bien ante sus colegas de trabajo. Con esto, se nos quiere transmitir otra vez el mensaje, central en la película, de la necesidad de inmediatez del poder de tener un retrato favorable con respecto a los gobernados, pero también su impulso de favorecerse ante otros poderes superiores para poder seguir en el puesto.
Aquí se halla un duro golpe al comunismo, por sus encorsetadas jerarquías que obligaban a una continuada ansiedad por aparentar ante ellas; pero se puede trasladar a cualquier situación donde alguien escurre el bulto esperando no ser descubierto.
La vergüenza de las chicas, tratadas como ganado, es un reflejo del vano intento de los bomberos por mostrar que todo va bien cuando realmente no es así: que unas guapas muchachas van a ofrecer a un distinguido miembro de la comunidad un merecido reconocimiento a su labor. Pretenden a través de jóvenes atractivas lavar su aspecto, enseñar un hermoso exterior, pero sin cambiar nada del interior.
No obstante, todo se queda en una tentativa de los bomberos, que prueban su inutilidad al ser insuficientes para organizar un simple concurso entre ocho chicas. Y lo más curioso es que el pueblo, representado en este caso con los asistentes al baile, parece sospechar siempre de la impericia de los bomberos, como se muestra con la madre inquieta por ver el desarrollo del certamen o el padre avergonzado por la participación forzosa de su hija. Los bomberos también pueden o no ser conscientes de lo éticamente dudoso de sus acciones, por las perniciosas miradas a la joven del bañador y la insistencia a que nadie entre, para que nadie los vea.
Lo descabellado de la fiesta aumenta cuando las chicas no quieren subir al escenario, en lo que creo que es por timidez. Esto deviene en una increíble escena en la que los hombres del baile deciden llevar en brazos a sus parejas, hermanas, sobrinas, primas… para ser la más guapa. Esta parte, vista como fragmento, puede entenderse como la civilización yéndose por el desagüe, pero realmente es siempre fruto de la buena intención mal entendida o expresada.
Explicación del final de «¡Al fuego, bomberos!»
Mi momento favorito de la cinta es uno de los finales, cuando se vuelve obvio el robo de los premios de la rifa. Uno de los bomberos se ha dedicado con ahínco durante toda la cinta a impedir que se hurten las recompensas, que parecen desaparecer progresivamente: desde una botella de coñac hasta un pastel de chocolate o chicharrones. La sorpresa es máxima cuando se revela que es su propia madre la que ha estado saqueando los premios, y cómo reprende a su hijo por su honradez.
Me ha parecido bastante gracioso a la par que cercana la situación presentada porque, a menudo, ante una sociedad corrupta mucha gente intenta integrarse dentro de la podredumbre más que hacer por limpiarla. Es trágicamente cómico cómo este bombero, motivado por su moral, intenta devolver lo robado en la oscuridad y es descubierto; aparte de que es bastante divertido el apagado de luces.
El bombero se desmaya y sus compañeros se resguardan en la salita para ver qué hacer. Lo disparatado y chistoso de la coyuntura es cómo se lanzan acusaciones unos a otros, con un aparente consenso entre ellos del mal juicio del bombero desvanecido: pero no por haber robado, sino por haber querido devolver el botín. Todo finaliza cuando se dan cuenta de que el propósito original de la fiesta ya no es realizable, pues alguien ha sustraído el hacha para decepción del anciano.
Censura de una obra de arte atemporal
Cuando comencé a visualizar la película esperaba una áspera y directa apreciación sobre el comunismo vigente en la Checoslovaquia de aquellos años (más aún sabiendo que había sido censurada) y que, a través de la celebración de una simple fiesta de bomberos, se fuera elaborando un discurso cáustico de detracción hacia el régimen imperante. Sin embargo, me sorprendió darme cuenta de la versatilidad del argumento en casi cualquier contexto.
Aunque son palpables las referencias a las deficiencias del comunismo, como el hambre de los asistentes o la preocupación constante de los bomberos por la imagen que transmitirán, también creo que se podría hacer la misma película con pocas variantes ubicada en países capitalistas. Es en este hecho donde opino que la cinta encuentra su trascendencia como obra de arte atemporal, y no estrictamente como disfrutable para los checos de finales de los años 60. Cualquiera puede verse identificado con las fiestas de su pueblo, con el alcalde de su municipio o en cualquier momento que se haya querido organizar algo con más de cinco personas.
En conclusión, el filme, más que criticar al comunismo, creo que dirige su mirada a cualquier forma de poder. Las acometidas de Forman contra el sistema político en Checoslovaquia es porque su lugar de origen es el país centroeuropeo, pero es asombrosa la adaptabilidad de la trama a casi cualquier país. También es admirable la ejecución de una sátira política, con tanto humor negro, con la organización de un baile de bomberos. Normalmente este tipo de películas ubican sus tramas en elecciones, gobiernos o, al menos, contextos más indudablemente políticos que una fiesta, pero esa condición especial permite un polifacetismo que la hace más accesible y universal.
Es fácilmente disfrutable para cualquier espectador porque tampoco es necesario para su disfrute conocer la realidad política checoslovaca de la década de los 60. El punto fuerte de la película es que la buena intencionalidad del poder no es capaz de asumir las responsabilidades que se les asignan, lo que es un tema internacional que trasciende nacionalidades y épocas. Además, la estructura ágil de la cinta, en un ascendente in crescendo, entretiene fácilmente.

Historiador y friki. Amante del cine. Sus películas favoritas son «El padrino» y «La naranja mecánica». Le encanta que las películas te dejen pensando.
